Hay una idea que se repite como si fuera incuestionable: cuando tienes hijos, dejas de ser tú el importante. Se dice con orgullo, con resignación o con tono de virtud moral. Como si borrarte fuera la prueba máxima de amor.
Yo no estoy tan seguro.
No escribo esto para provocar ni para justificarme. Lo escribo porque he sentido esa tensión en carne propia. Fui papá después de los cuarenta, en una etapa de mi vida en la que ya había construido una empresa, viajado, entrenado, salido con amigos, probado cosas y cometido suficientes errores como para entender que la identidad no se improvisa. Luego llegaron el divorcio, la pandemia, una nueva relación y, casi sin pausa, los hijos. Y con ellos, la pregunta silenciosa: ¿qué parte de mí se queda y qué parte se va?
Mi vida cambió, claro que cambió. Hay mañanas de escuela, tardes de parque, festivales escolares que no me pierdo si está en mis manos evitarlo. Algunos días trabajo desde casa, otros no; hay semanas más absorbidas por pendientes y otras más disponibles. No siempre estoy, pero tampoco estoy lejos. La presencia dejó de ser un discurso bonito y se volvió una práctica imperfecta, de esas que se ajustan sobre la marcha.
Al mismo tiempo apareció con fuerza el rol de proveedor. La presión interna de hacer más, de empujar más, de asegurar el futuro. Y junto con eso, una sensación extraña: si estoy aquí, ¿estoy dejando de estar allá? Si bajo el ritmo profesional, ¿estoy fallando? Si lo mantengo, ¿me estoy perdiendo algo irrepetible? La culpa no siempre es lógica, pero sí constante.
He tenido que aceptar algo incómodo: desaparecer por los hijos no siempre es amor. Muchas veces es miedo. Miedo a no ser suficiente, a que algo les pase por no atenderlos todo el tiempo, a que alguien nos juzgue como padres ausentes. El problema es que culturalmente confundimos esa desaparición con virtud. Nos enseñaron que el amor más grande es el que se sacrifica por completo, el que se borra, el que deja de existir en nombre del otro.
Yo no creo en eso.
Creo que moriría por mis hijos. Sin dudarlo. Incluso mataría por ellos si la situación lo exigiera. Pero no creo que deba vivir anulado por ellos. Porque si lo hago, eso es lo que les estoy enseñando: que amar implica desaparecer, que el deber está por encima de la identidad, que el sacrificio constante es la medida del afecto.
Y no quiero que aprendan eso.
Desde la psicología del desarrollo se habla de que en la adultez madura aparece una tensión natural entre generatividad y estancamiento: crear, aportar, cuidar, sin perder el sentido de uno mismo. Cuando reducimos nuestra identidad a un solo rol, aunque sea el de madre o padre ejemplar, el costo suele aparecer más adelante, muchas veces en forma de vacío cuando ese rol deja de ser central. El famoso “nido vacío” no surge de repente; se construye poco a poco cuando toda la identidad se amarra a los hijos.
Esto no es un llamado a la indiferencia. Tampoco a la autoindulgencia disfrazada de crecimiento personal. Es algo más simple y más incómodo: lo que haces por ti también es parte de lo que haces por quienes amas.
Entrenar no es solo entrenar. Estudiar no es solo estudiar. Emprender no es solo generar dinero. También es modelar disciplina, curiosidad, autonomía, pasión, límites. Cuando cuidas tu identidad, no le quitas amor a tus hijos; les das un ejemplo de cómo se ve un adulto que no se pierde.
Y aquí hay que decirlo con cuidado: la maternidad y la paternidad no son simétricas, sobre todo en los primeros años. El cuerpo de una mujer atraviesa procesos físicos y emocionales que el hombre no vive igual. Hay cargas que son objetivamente más pesadas. Pero aun dentro de esa diferencia, nadie —ni madre ni padre— debería aceptar como destino la pérdida total de sí mismo. El amor no necesita mártires; necesita adultos enteros.
Tal vez el verdadero equilibrio no sea elegir entre los hijos o uno mismo, sino entender que borrarse es una salida fácil que se disfraza de heroísmo. Permanecer, crecer, sostener la identidad mientras crías, eso sí implica más trabajo. Implica más conciencia. Implica incomodidad. Pero también implica coherencia.
Yo no quiero que mis hijos aprendan a desaparecer cuando amen. Quiero que aprendan a elegir sin anularse, a comprometerse sin borrarse, a cuidar sin dejar de existir.
Si algo de esto te movió, aunque sea un poco, pregúntate con honestidad: ¿qué parte de ti estás llamando “amor” cuando en realidad es miedo? ¿Qué cosas dejaste de hacer no porque ya no importen, sino porque temes que te juzguen por hacerlas? ¿Y qué estarían aprendiendo quienes dependen de ti si te vieran vivir con una identidad firme y no con una sacrificada?
Amar no es desaparecer. Amar, quizá, es permanecer entero.
Una herramienta sencilla
Haz este ejercicio mental:
imagina que dentro de 20 años tu hijo o hija vive exactamente como tú vives hoy.
¿Te daría tranquilidad?
¿Le dirías que está haciendo lo correcto?
¿O le pedirías que no se borre tanto?
Si el consejo que le darías no coincide con la forma en que estás viviendo, tal vez no estás amando, estás teniendo miedo.



